Cada vez más a menudo, se construyen en nuestras ciudades más y más de estos gigantes del comercio.
Decenas de tiendas, restaurantes, y otras muchas zonas de ocio (boleras, cines, espacios recreativos para jóvenes, casinos…) reunidos bajo un mismo -enorme- techo.
Se construyen casi siempre en suelos de bajo coste, esto es, alejados de la urbe, pero nosotros no tenemos ningún problema, hacemos los kilómetros que sean necesarios para conseguir nuestro objetivo: consumir.
La ventaja de estos centros: la comodidad que supone tener a tantas y tantas tiendas de la competencia, juntitas, al lado, pegadas, separadas por una pared. Más cercanía para curiosear, comparar, y pasar una tarde entretenida sin frío en invierno o calor en verano.
La evidente desventaja: para nuestro bolsillo, estos centros fomentan el consumo compulsivo, además de por la cantidad de necesidades que está al alcance de nuestra mano satisfacer, posiblemente por la pereza de desplazarnos otro día si nos pensamos las cosas en casa…
¿Y a vosotros, os gustan estos sitios?

Interesante reflexión.
Lo peor no es que se vaya al centro comercial a comprar y consumir (que también), sino que están haciendo de él casi la única alternativa de ocio en muchos lugares.
Muchas veces te sorprendes a ti mismo teniendo que ir a la bolera del centro o a los multicines porque los que antes había en la ciudad simplemente han ido desapareciendo.
Y cuando ves cualquier domingo y/o festivo el centro comercial a los topes no puedes evitar el preguntarte como podemos ser tan borregos que esperando que llegue un día de descanso para ir al centro comercial a gastar dinero, cuando en realidad las tiendas están cerradas.